Cronica de hace un año, hoy, la alianza no es igual.
CRONICA URBANA
La Alianza, otrora principal centro de comercio de Torreón, donde igual se daban cita grandes comerciantes y pequeños empresarios, se ha convertido hoy dia en un lugar descuidado, ruidoso y hasta inseguro, pero que conserva mucha de la esencia de la ciudad, y de la idiosincrasia de un pueblo mexicano.
Me di a la tarea de dar un recorrido para conocerlo más atinadamente, y me adentré en el rincón de lo que en un futuro será una gran metrópoli: la ciudad de Torreón.
Es medio día y me dispongo a bajar del camión en la calle Ramos Arizpe, donde dan vuelta todos los autobuses que provienen del oriente de la ciudad, para iniciar un giro más en su recorrido diario.
Como en todas las ciudades, el ruido de los camiones es ensordecedor, pero en este peculiar lugar, signo de identidad lagunera, el rugido de los motores y del rechinido de los frenos aumenta, se amplifica al triple, ya que todas las rutas vienen a dar aquí.
Al comenzar la caminata uno se puede dar cuenta de inmediato de la particularidad del lugar: extranjeros, vendedores y cantinas, acompañados de un singular aroma de desinfectante de pisos, combinado con olor de vísceras. Al avanzar, si es que se puede, pues la cantidad de gente que circula por esa zona es abrumadora, se observa el contraste que existe entre el norte y el sur de la ciudad, divididos por las vías del tren que pasan justo afuera de lo que hace mas de 100 años fuera hogar del creador del trazo de la ciudad: La casa del cerro de don Federico Wulff.
Del lado sur, los cerros plateados que González Domene nombra en su corrido a Torreón, acompañados por casas tanto en sus laderas como en sus faldas, donde se puede ver a niños jugando con las piedras, o en las vías del mismo ferrocarril, sin importarles el quemante sol que sobre sus espaldas se cierne.
Al lado norte, está el lugar del que hablamos, representado por lo que antes era la compañía harinera de la laguna, hoy representada por edificios siendo restaurados con el propósito de que sirvan de estacionamiento para tan congestionado cuadro ciudadano.
Pasando la harinera, se pueden ver los pocos vendedores que se disponen a ofrecer sus productos de segunda mano en la banqueta, dado que no tienen acceso a ofrecerlos en un gran centro comercial. En el lugar se encuentran igualmente herramientas, guantes de beisbol, revistas, discos de acetato, utensilios de cocina, y hasta algo impensable, como un sable. En el cerro que se eleva junto a los vendedores, cerca de una casa, se puede observar a dos jóvenes, con el torso desnudo y en actitud algo sospechosa, que observan muy bien hacia su horizonte.
Llegando a la prolongación Hidalgo, se yergue una estructura metálica que hasta hace pocos años no se encontraba ahí. Es parte del proyecto de modernización del mercado que el ayuntamiento ha puesto en marcha a mediados del año en curso.
Debajo de la estructura, y organizados cual panal de abejas, están la mayoría de los puestos de verduras, ropa, y comida. “La mejor verdura está aquí” dice una señora. “uno tiene que venir pa’aca, y soportar que de repente huela ‘re feo’ por el menudo que preparan los puestos de comida, pero p’os así vivimos” comenta otra.
Caminando por las estrechas calles del mercado, es imposible no escuchar la música que retumba en los oídos de cualquier transeúnte, y los clásicos gritos intempestivos de los vendedores, que buscando clientes, los interceptan con el típico: “pásele, pásele, ¿Qué va a llevar señito?”.
Al continuar la caminata, el ruido humano va perdiéndose. La música cumbianchera va dejando lugar de nuevo al estruendo de los automóviles, y pasar ahora a un nuevo género musical: el duranguense.
Por el lado de la avenida Morelos, cerca del monumento al “siervo de la nación”, antes que puestos de verdura, están los de ropa, que son atendidos en su mayoría por mujeres, quienes, hasta parece que se ponen de acuerdo, pues, todas están sintonizando en el mismo canal sur televisión, todo para ver la telenovela María la del barrio. Más adelante, están los taburetes de tenis, que se ofrecen a todo ser humano que osa atravesar por los territorios invadidos por los ambulantes. “paséele, paséele, el tenis barato, tenis barato. ¿Lo quiere joven?, si no, aquí están los calcetines, lléveselos bara.”
En la calle Múzquiz, termina el largo recorrido, y típico de nuestro país, y para su desgracia, era incoherente terminar el trayecto, sin ver a un oficial de tránsito haciendo de las suyas, justo afuera del bar “la cucaracha”, donde la caguama esta a 21 pesos, y donde los franeleros, en complicidad con el supuesto servidor público, parecen cuidar que no venga nadie, antes que cuidar los carros de quien, al llegar por ellos, les dará una propina, acorde a su trabajo.
El viaje termina, con cansancio y sed, debido al agobiante calor que se siente en la comarca, a pesar de estar ya casi en noviembre. Todo fue genial, a excepción del “mordelón”, pero para mi desgracia, así es mi país, no puedo mentir, yo quiero a mi ciudad, como dice la canción que suena afuera del “Disco mundo” y que es acompañada por la voz aguardentosa de un bolero que limpia los zapatos de su cliente: “¿Pa’ que mentir? ¿Pa’ qué? Si yo te quiero.
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